Capítulo II: Realidades múltiples.

“Dr. Lecter, no puedo hacer algo como eso… No ahora”.

“¿Por qué no?”. – Sus labios siempre sonrientes, me llamaban la atención y me sentía en peligro. No porque Hannibal fuese un peligro para mí, sino que él era capaz de hacer cualquier cosa por mi tratamiento, y eso me asustaba. En el momento menos esperado las alucinaciones volvían, mi vista apenas se mantenía, y comenzaba a temblar nuevamente. No podía controlar la ansiedad que me recorría al sentir su respiración sobre mi cuello, levantando cenizas, dejando su leve aroma en mi piel.

No pude mantener los ojos abiertos por mucho tiempo, y para cuando los abrí de nuevo.estaba en mi cama, sudando frío, con la espalda pegajosa y el corazón desbocándose. Quise volver a dormir, cerrar los ojos otra vez, para poder aclarar mi mente, para poder despejarme y saber cuál era la verdad dentro de todo eso.

Busqué a Winston para que hiciera algún ruido, para oír algo, porque lo necesitaba desesperadamente. Me dolían los oídos, la cabeza, los ojos… Mi camiseta estaba empapada de sudor. El problema no era estar ahí, sino que no tenía la noción del tiempo, había perdido toda capacidad de diferenciar entre una pesadilla, y la realidad, porque todo el tiempo se mezclaban. Pero era imposible que Hannibal se comportara así, el jamás se insinuaría de esa manera, el jamás me obligaría a tomar un rumbo tan delicado y extremo en el tratamiento.

“Will, ¿estás despierto?”. – Me agité al ver su rostro en la habitación, mi rostro se ruborizó. ¿Por qué tenía que tener esa clase de sueños con él?. – “Jack me llamó para que fuera a buscarte, al parecer no tuviste un buen momento en la morgue”. – Ni siquiera recuerdo haber estado en la morgue, hace dos días no hablaba con Jack ni Alana, lo último que había sabido de mí mismo era que había ido a la consulta del Dr. Lecter porque Jack no quiso que viera a Abigail.

“No, llegué con Jack… ¿no lo recuerdas?”

“Will, estás yéndote por las ramas. Todos estaban preocupados porque no contestaban el teléfono, entonces fuiste al laboratorio, y tuviste una crisis. Yo te traje a casa, tú casa, no la mía, y no te has levantando en más de 24 hrs, ni siquiera dormido”.- Sentí miedo inmediatamente, no quise que el doctor se acercara a mí por nada del mundo. Le repetí una y otra vez que saliera de mi cuarto, que me dejara tranquilo. Su rostro me perturbaba, recordaba mi cuerpo amarrado… Había sido todo un sueño, entonces, ¿porqué tenía los brazos amoratados? Ambos, a la misma altura. Tenía la espalda adolorida, sabía que en algún momento había tenido algo pegado a la espalda con presión, pero no podía pensar en qué más que esa estúpida escalera.- “Ven, Will, cálmate. Voy a acompañarte a la ducha, todos tienen miedo de que puedas hacerte daño”.

“Estoy soñando Hannibal… ¿De dónde salió todo esto?”.- No eran sólo las marcas en mis brazos, sino que también en los tobillos, la espalda, el cuello. Como si alguien me hubiese amarrado totalmente, y me hubiese anestesiado. Lo único que recordaba era el rostro de Hannibal, con esa expresión seria, los labios torcidos, sus ojos siempre expectantes a un movimiento de los míos. Ansioso.

“Te lo hiciste tú mismo, no sabemos cómo. Por eso todos estamos asustados Will, queremos protegerte”.

“¿Ni siquiera puedes dejarme sólo en mi propia casa?”.

“Disculpa, pero definitivamente no puedo permitirlo. Eres mi responsabilidad desde que eres mi paciente, y eres mi amigo, por lo tanto, tengo que cuidar de tí”.

Pero la supuesta ducha que iba a tranquilizarme, no hizo nada más que llenarme de terror al ver el agua corriendo por mi cuerpo. Estaba ahogándome en una situación imposible, pero Hannibal estaba ahí, cuidando de mí. Siempre estaría cuidando de mí… Oía su voz desde el umbral de la puerta, me tranquilizaba más que cualquier otra cosa a mi alrededor, oía como mis perros ladraban afuera de la casa, y Hannibal se reía observándolos por la ventana. Vi su rostro sonriente una vez que salí de la ducha, y salió de mi habitación.

Me vestí, y comimos algo, o mejor dicho, yo comí algo, porque la cocina simple no era algo para Hannibal. Le disgustaba no hacer platos cuidadosamente, saber cómo acomodar algo paso por paso, dejarlo a su gusto, y cocinar para los demás. Pero para él, la cafetera que estaba en mi cocina, venía acompañada de algo que lo incitaba a beber dos tazas cada vez que se sentaba en la mesa, y a concentrarse en la porcelana, en los sonidos, mientras yo evitaba hablar de mis problemas junto a él. En esos momentos éramos amigos, o algo así, no paciente y psiquiatra.

Nos dirigimos a su casa, esperando que Alana estuviera allí con Abigail, o al menos, eso era lo que nos había dicho. En definitiva, ellas no estarían allí, o por lo menos, Abigail no. A pesar de que la visita a la casa del Dr. Lecter llevaba siendo programada hace semanas, una decaída así no le permitiría ningún “regalo” en mucho tiempo. Era estúpido, queríamos sacarla de allí, pero Jack simplemente no podía confiar en ella totalmente. Abigail era tan inocente como las chicas que murieron a manos de su padre, ella no tenía la culpa de la muerte de Nicolas, ni mucho menos de Marissa, pero la culpa se amontonaba dentro de ella, oscureciendo la única parte de su reflejo en el espejo que no le recordaba los asesinatos de su padre.

Cuando llegamos Hannibal me tendió un frasco de pastillas. Las necesitaba más que nunca, y él lo sabía, pero había esperado hasta ese momento, hasta que yo llegara al límite, y ya no pudiese mantenerme de pie por mucho tiempo, para alcanzarme los únicos medicamentos que me ayudarían un poco.

Luego todo fue demasiado rápido: Jack al teléfono, Freddie Lounds había presenciado otro crimen, no era el imitador, pero está clasificado como un asesino serial. Mierda, mierda.

Y de alguna manera u otra llegamos a la misma parte otra vez, yo y las pastillas, fuera de control, Hannibal apresurándome para ir a la escena del crimen. 

Capítulo I: La escalera, la cuerda, y Will Graham.

Desperté sudando, asustado. Había visto a Abigail morir más de una vez en mis sueños, pero nunca de esa manera tan brutal, gimiendo de dolor, siendo cortada por el Dr. Gideon mientras aún seguía viva, tal y como él lo había hecho con el Dr. Chilton,como una hermosa y tortuosa venganza. 

Abigail se encontraba en el hospital, siendo vigilada constantemente tras sus escapes, y yo, junto a Hannibal, como sus guardianes, o padres, íbamos a verla la mayoría de los días de la semana, y los domingos, si es que las investigaciones habían terminado, y Hannibal me evaluaba bien, salíamos juntos por algún lugar, sólo si Alana, como su doctora, nos daba permiso para sacarla, porque, a pesar de ser una de mis mejores amigas, lo que más importaba era la salud mental de Abigail, que había empeorado luego de la muerte de Nicolas Boyle, y de Marissa Schurr, una de sus únicas amigas, la única que seguía confiando en ella. Pero Abigail si era culpable, y aunque yo y Hannibal supiéramos eso, nuestro deber era cuidarla dentro de aquel hospital. Por eso mismo, cuando recibí el llamado de Jack diciendo que Abigail estaba internada en un hospital común y corriente, supe que algo andaba mal, pero el único que se atrevió a comentarlo fue el Dr. Lecter. Abigail había intentado suicidarse. Yo no logré entender por qué, y seguramente nunca lo entendería.

Mi cabeza dio vueltas. Con todo eso, y las dudas que recorrían mi mente, junto con las pesadillas por la noche, tenía que resolver un nuevo caso, donde una mujer había sido asesinada en su cama, por la noche, pero no había una sola gota de sangre. Rápidamente comprendí que era un patrón simple que rondaba mi cabeza hace días tras leer el diario. Era un asesino en serie que recientemente comenzaba, y tenía un extraño gusto por drenar la sangre de sus víctimas. Podría ser algún imbécil doctor que pretendía ser un espléndido donante de sangre, pero su cuerpo no tenía tanta como para ser tan perfecto… Pronto comprendí que no era así, le gustaba mantener la sangre en bolsas, como las de hospitales, claro, pero ¿porqué no las llevaba a casa? ¿No suponían acaso una ayuda, un trofeo? No. Las dejaba bajo la almohada de sus víctimas, ¿por qué?

La muchacha tenía incontables cicatrices a lo largo de sus extremidades. Algunas heridas recientemente cerradas, otras que llevaban años tratando de desaparecer, y otras tan profundas, que se veían oscurísimas entre su piel pálida e impecable. Eso hizo que me estremeciera, y en seguida le pedí a Jack permiso para ir a asistir a Abigail. Me detuvo de inmediato, me dijo que si estaba preocupado, él mismo me iría a dejar a la casa del Dr. Lecter para que conversara con él, él me tranquilizaría, y estaría en condiciones de volver al trabajo.

Trabajo, trabajo… Eso era todo lo que importaba para Jack, ni yo, ni mi pequeña y extraña familia le importábamos. Él quería salvar vidas, y yo también, pero tampoco quería volverme loco, a pesar de que ya sabía que era demasiado tarde para mí. 

Jack estuvo todo el camino hablando de sus teorías, mientras yo pretendía que lo escuchaba, sin embargo, lo único que escuchaba era una respiración pesada en mi oído, el roce de las cornamentas, un cuerpo fuerte acercándose a mí, acechándome. Cada vez más y más peligroso, más y más cerca. Vi como la lluvia chocaba contra el vidrio delantero del auto, y cientos de cadáveres ausentes repartidos por la carretera. Pasábamos sobre ellos, pero ni Jack, ni Beverly podían verlos, ni oír los gritos de aquellas almas siendo devoradas por el animal gigante que seguía a mis espaldas.

Cuando llegamos bajé del auto presuroso. Quería escapar de la voz ronca de Crawford, no oír sus palabras culpándome de aquellos problemas que agobiaban mi mente, aún cuando el eligió que siguiera trabajando con él cuando yo no estaba apto para hacerlo. Hannibal no dijo nada, simplemente esperó a ver que podía suceder conmigo, y ahora, todos están asustados, pero no pueden dejar los casos a la mitad, excepto Hannibal, que si puede detener a Jack, lo hará en un segundo, y me pondrá seguro.

“Abigail está bien, fue un pequeño arrebato Will, no debes asustarte. Alana está con ella en el hospital a la hora, tiene un par de vendajes en las muñecas, y le hicieron un terrible lavado de estómago”.

“Dios…”.

“Pero no estás aquí por eso, ¿por qué Jack quiso que vinieras?”

“Está frío aquí…”

“¿Quieres pasar adentro? Oh, estoy siendo demasiado desconsiderado, estaba tan preocupado por su llamada, que olvidé que estas sillas son tremendamente incómodas. Pasa, el sillón te espera”.

Le comenté a Hannibal lo muy mal que creía que estaba. Vi la lluvia, sabiendo que era imposible que lloviera, sentí una respiración que no estaba allí, el roce de las cornamentas duras, cuando ni siquiera el asiento del auto rozaba mi espalda, porque me asustaba sentir algo en la longitud de mi espalda. Estaba temblando, sudando nuevamente, pero estaba vez estaba despierto, y un fuerte temblor se manifestó en mi cuerpo. 

Hannibal me tomó de las manos sin pensarlo en un momento, y sujetó mi cabeza mientras el temblor se detenía, y me abrazó por un momento, para que yo dejara de alterarme cada vez más. Estaba asustado, y eso él lo sabía, pero nunca comentaría nada. Sólo hablaríamos de mis alucinaciones y lo vívidas que eran, y sobre mi relación con el destripador, y Jack Crawford, que cada vez se volvían más extenuantes y exigentes. 

Cerré los ojos sólo por un momento en aquel sillón tibio, mientras apoyaba mi cuerpo en el costado del Dr. Lecter, sollozando despacio por el miedo que esos repentinos temblores me causaban. Estaba asustado, y nadie más que mi psiquiatra, mi amigo, podía entenderme, pero no podía cuidarme de mí mismo, nunca podría alejarme de mi propia mente tan peligrosa.

Pero cuando los abrí, sentí y supe instantáneamente que estaba en un lugar diferente.

“¿Hannibal?”

“¿Qué pasa Will?”

“¿Do-dónde estoy?”

“Vamos a hacer un ejercicio Will”.- Mi cuerpo se encontraba amarrado a la escalera que daba hacia los estantes de libros que Hannibal tenía en su oficina. Ya no estábamos en la sala de estar de su casa, sino que ahora era algo totalmente dirigido hacia mi salud, ¿no? Pero yo no lograba entender cómo.- “Tienes un trastorno de empatía, eso lo sabes desde el principio. Quiero que te pongas en mi lugar, Will. ¿Qué harías tú si fueras yo, en este momento? ¿Que le harías a Will Graham? ¿Lo matarías? ¿Lo analizarías? ¿Lo besarías? ¿Lo maltratarías? ¿Abusarías de él?. – Mi cuerpo se estremeció, porque de alguna manera u otra, siempre supe de las intensiones de Hannibal,  ya que las mías eran parecidas. Claro que no de la misma manera, ni tampoco tan explícitas, pero siempre sentí aquella enferma conexión.

Aquella notoria tensión sexual entre mi psiquiatra, esta cuerda, y yo.